Del consenso económico al educativo

Por Humberto Belli Pereira
Ex Ministro de Educación y Director de FUNIDES

Poco potencia tanto una nación como alcanzar acuerdos sociales básicos. Pregunté a un chileno cuál había sido el factor que más había contribuido a la prosperidad de su país. “El consenso”, me respondió. “Sean de izquierda o derecha, todos nuestros actores políticos están comprometidos a respetar la democracia representativa y la economía de mercado”. Lograrlo ha convertido a Chile en un imán de inversiones.

Los consensos no son fáciles. Requieren un proceso de maduración por etapas o sectores. En Nicaragua hemos logrado acuerdos importantes en lo económico, como considerar la inversión privada motor del crecimiento y aceptar la necesidad del libre cambio y la estabilidad macroeconómica. Ahora hace falta forjar consensos en áreas como la política y la educación.

En Nicaragua, una causa del rezago educativo ha sido las discontinuidades que brotan de la falta de un consenso básico sobre las políticas educativas. En Costa Rica, un ministro estableció un sistema de evaluación arduamente elaborado, que fue echado a la basura por la administración siguiente. En República Dominicana, el esfuerzo descentralizador de dos administraciones fue revertido súbitamente por otra. En Nicaragua, del centralismo de los ochenta nos movimos a la descentralización participativa de la etapa de transición, para volver hoy a recentralizar.

Quizás sea mejor centralizar que descentralizar, priorizar la educación superior, como se hizo al consagrar el 6 por ciento en los noventa, o priorizar la primaria. Lo importante es llegar a un consenso educativo que perdure a través de diferentes administraciones. La educación es una siembra a largo plazo cuyos frutos exigen esfuerzos sostenidos por muchos años. Los cambios curriculares, por ejemplo, implican cambios en los textos, métodos y entrenamiento docente. Es una terrible pérdida de tiempo y recursos sujetarlos a los bandazos que pueden propinar ministros con distintos puntos de vista.

El primer paso hacia un consenso educativo es conocer el sector. El segundo es priorizar. ¿Cuál de los subsectores educativos preescolar, primaria, secundaria, educación técnica, universitaria debe ser asistido en forma preferencial? Si todo es prioridad, nada es prioridad. El tercero, es conocer los costos de las políticas propuestas y explorar su financiamiento. Cualquiera puede decir que hay que mejorar X o Y aspecto de la educación. Lo importante es concebir formas de lograrlo que sean realistas y eficaces.

El problema básico a resolver es que invertimos muy poco y mal en educación; porque lo distribuimos inequitativamente —gastamos diez veces más por universitario que por estudiante de primaria, mientras en el Salvador y Costa Rica la diferencia es de dos y tres respectivamente — y lo gastamos ineficientemente. ¿Cómo puede mejorar su calidad un sistema que ni mide ni premia el desempeño? Un maestro excelente y cumplido gana lo mismo que uno malo y faltón. No se trata pues de solo exigir que suba el porcentaje del ingreso nacional destinado a la educación, sino que se acuerde dónde y cómo se van a usar dichos incrementos. Si esto no cambia los salarios de los docentes, podrían duplicarse sin incidir para nada en la calidad.

Deben consensuarse también los contenidos de los aprendizajes y la forma de administrar las escuelas: ¿Centralizadamente —como hoy— o con participación de los padres de familia —como ayer—? Lo importante será arribar a acuerdos ampliamente endosados por la sociedad y que nos tracen un camino en que trabajar unidos y a largo plazo. Lo hicimos en lo económico. Hagámoslo también en lo educativo.

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