¿Cómo hacer una Nicaragua mejor?

Por Humberto Belli,
Ex Ministro de Educación y Director de FUNIDES

El primer requisito para mejorar Nicaragua es creer que es posible lograrlo. El mayor obstáculo para todo cambio es la falta de esperanza: creer que estamos condenados al fracaso. Esto vale a nivel colectivo e individual. Quienes hacen propósitos de cambio a inicios de cada año son, por definición, personas de esperanza; aquellos que no se dan por vencidos, a pesar de los tropiezos.

La verdad es que los fracasos solo se convierten en definitivos cuando instalan en nuestra intimidad la convicción de que ya no hay nada que hacer. En ese instante se evapora la voluntad de lucha y triunfa el adversario. La esperanza, por el contrario, mantiene encendida la luz y la energía. Quienes han logrado las metas más altas no son aquellos que han encontrado menos obstáculos, sino aquellos que han enfrentado muchos y han perseverado.

La desesperanza procede muchas veces de no acertar el camino. En Nicaragua han producido desaliento las continuas frustraciones en el esfuerzo por democratizar y hacer civilista su vida política. Pero parte de la causa está en ignorar que el cambio anhelado requiere una lucha simultánea en varios frentes; y en que a veces sobredimensionamos unos y menospreciamos otros.

El primer frente de lucha es el interno: el esfuerzo por mejorar como personas. Todos llevamos adentro la contradicción entre nuestros impulsos generosos y los egoístas. Para mejorar tenemos que cultivar los primeros. En la medida que lo hacemos beneficiamos nuestro entorno. La bondad o maldad de las personas que componen una colectividad afecta la calidad de su vida social o política. Las circunstancias externas nos influyen mucho pero no nos determinan. Mis reacciones y respuestas cuentan. Como dijera Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”.

Un error de las utopías políticas es creer que el medio supremo para mejorar una sociedad es el poder político. Los nicaragüenses nos matamos ¡por miles!— en el siglo pasado, buscando derrotar dictaduras y crear una sociedad mejor. Pero no avanzamos mucho. Ignoramos en estos esfuerzos la importancia que tiene el factor individual y la influencia tremenda de la cultura; el conjunto de valores, prácticas y creencias prevalentes en la sociedad.

El segundo frente, íntimamente vinculado al anterior, es el de la familia; esa minisociedad primaria donde se incuban los valores. El empeño por el cambio personal se realiza en interacción con las personas más inmediatas; no es un esfuerzo aislado. Tratar de ser mejor implica tratar de ser mejor padre o madre, cónyuge, hijo o hermano. “Si queremos un mundo mejor”, decía Madre Teresa de Calcuta, “comencemos por amarnos unos a otros en nuestras familias”.

El tercer frente de lucha es el de la comunidad local: el lugar donde trabajo y la labor que realizo. Implica esmerarse en ser mejor empleado o empleador, empresario o profesional —haciendo bien mi trabajo y tratando bien a todos—.

El cuarto frente de batalla es el de la macrosociedad; la “polis” o país en que nací. Implica esforzarse por ser buen ciudadano; participar en los temas o decisiones políticas que afectan a la colectividad sin desentenderme de ellas pretextando que no tengo tiempo o que no quiero ensuciarme.

 Los cuatro frentes están interrelacionados; lo bueno y malo que ocurre en cada uno de ellos repercute en los demás. En la medida que nos esmeremos por avanzar en ellos estaremos construyendo una Nicaragua mejor. Un poco de levadura fermenta la masa. Los edificios se construyen bloque a bloque. No habrá esfuerzo desperdiciado; cada parcela rescatada, por estar hecha de personas, tiene un valor inconmensurable.

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