El salto educativo

Por Humberto Belli,
Ex Ministro de Educación y Director de FUNIDES

¿Es factible poner en las manos de cada escolar y docente del país una laptop XO conectada inalámbricamente al Internet? El único país Latinoamericano en proponérselo ha sido Uruguay. En el 2007 su visionario presidente Tabaré Vázquez decidió distribuir masivamente computadoras en el sistema escolar. Para el 2009 350,000 niños y 16,000 maestros poseían una.

Los gobiernos, diría el presidente uruguayo, deben “promover la justicia social mediante la igualdad de acceso a la información… dotar a sus ciudadanos con las herramientas y la capacidad de beneficiarse de las oportunidades que presentan la tecnología. Deben, en otras palabras, mirar hacia el futuro”. Vázquez triplicó la inversión en educación y convirtió a Uruguay en la primera república digital.

 Pero por muy encomiable que sea lo realizado en ese país, no es fácil para Nicaragua seguir sus pasos: su ingreso per cápita es cinco veces menor y su población escolar duplica la uruguaya. Y las XO, aunque maravillosas, son caras. Las unidades más recientes se consiguen actualmente en 190 dólares, pero a esto hay que añadirle el suministro de redes de conexión, la capacitación de maestros y otros insumos que elevan su costo en casi cien dólares más.

 Dotar de XO a los aproximadamente 550,000 estudiantes de los primeros tres grados de primaria posiblemente costaría 159 millones de dólares, cifra que representa casi el 40 por ciento del presupuesto educativo actual, que es de 400 millones (280 educación básica y 120 universitaria). Es posible, sin embargo, proponerse metas más modestas, como la sugerida por Funides de dotar a la mitad más pobre de los niños de primer grado una XO en un plazo de cinco años-costo aproximado: 7.4 millones de dólares anuales. Se podrían también considerar otras estrategias tecnológicas complementarias y baratas.

 Con una inversión anual menor al millón de dólares podrían instalarse en cinco años televisiones y PC con sus monitores en todos los centros de primaria y secundaria a razón de una por cada cien alumnos, 359.3 y 492 miles de dólares respectivamente, según Funides. Dichos equipos apuntalarían la débil enseñanza docente y darían un fuerte empuje al aprendizaje. Programas como Plaza Sésamo pueden enseñar en forma amena habilidades básicas —conocer los números, sumar, etc.— mientras otros más sofisticados pueden impartir conocimientos en ciencias y otras asignaturas. Lo mismo puede decirse de los laboratorios de computación. Las PC fijas pueden ser compartidas por grupos de estudiantes distribuidos en turnos y conectar a todos los centros escolares a millares de programas educativos disponibles en línea. Un valor agregado de estos enfoques sería hacer las aulas más atractivas y disminuir la deserción escolar

 Aunque los fondos para financiar estas iniciativas son escasos, pueden explorarse formas de utilizarlos mejor. Gran parte —¡más de la mitad!— de los 120 millones de dólares anuales que se gastan en educación superior se desperdician por la deserción —solo uno de cada diez estudiantes se gradúa— y por otras ineficiencias.

 Por otra parte el Gobierno gasta en subsidios 73.6 millones de dólares anuales, de los cuales 63 son para transporte y combustibles. ¿No sería más productivo que una parte de dichos gastos, que no aumentan la productividad de los pobres, fuese a mejorar la educación de sus hijos, que si la aumenta? Actualmente un 2.9 por ciento de la cooperación venezolana se destina a educación y recreación. ¿No podría subirse al 10 por ciento e inyectar así 33.7 millones más al sistema educativo?

 En educación no basta caminar. Debemos saltar. Lograrlo no es solo asunto de recursos sino de voluntad. Los enamorados, por ocupados que estén, encuentran tiempo para platicar. Es cuestión de querer.  

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